El Centro Cobo de Detroit se prepara a marchas forzadas para celebrar, un año más, a mediados de enero la gran fiesta estadounidense del automóvil, el Salón Internacional de Norteamérica, en medio del pesimismo sobre el futuro inmediato. Las condiciones en la ciudad no pueden ser más difíciles.
Por detrás de Nueva Orleans, Detroit es posiblemente la segunda gran metrópoli estadounidense más afectada por las crisis económicas, sociales y humanas de los últimos años.
Todo el mundo sabe de la tragedia de Nueva Orleans, sumida en un desastre de proporciones inimaginables tras el paso del huracán Katrina en el 2005.
La ciudad es un fantasma de lo que fue en el pasado y su recuperación total es puesta en duda por muchos dada la magnitud de los problemas sociales que afronta.
Detroit también está sufriendo el paso de una tormenta de gigantescas proporciones, aunque este caso no es meteorológica sino económica.
La grave crisis del sector automovilístico estadounidense ha desolado la industriosa ciudad en la que, como en Nueva Orleans, una gran parte de la población es afroamericana.
Detroit, y el estado de Michigan, han sufrido de forma impotente cómo los tres mayores fabricantes estadounidenses de automóviles (GM, Ford y Chrysler) se han visto obligados a eliminar decenas de miles de puestos de trabajo ante la caída de las ventas de automóviles en todo el país.
Las consecuencias han sido catastróficas. Algunos economistas calculan que por cada puesto eliminado por los Tres Grandes de Detroit se pierden entre tres y cuatro de forma indirecta.
La tormenta del sector se ha sumado con la tempestad del campo inmobiliario del país para formar la "tormenta perfecta".
En el 2007, familia tras familia, perdieron en Detroit sus fuentes de ingresos y se vieron forzadas a salir de sus hogares por ser incapaces de afrontar los pagos de sus hipotecas. Muchas de esas casas fueron subastadas a precios inferiores a los 30.000 dólares, menos de los que cuesta un coche medio.
El declive de Detroit no es nuevo. En los últimos 30 años, la ciudad ha perdido la mitad de su población. Y del 2001 al 2006, cuando se empezaron a observar los primeros signos de la actual crisis del automóvil, los precios de las viviendas en la ciudad solo se revalorizaron un 2 por ciento.
En el 2007, Nueva Orleans renovó su condición como la ciudad estadounidense con el peor índice de criminalidad del país con 209 homicidios, un 30 por ciento más que el año anterior. Detroit se sitúa en la cabeza de la lista junto con Flint, otra localidad de Michigan ligada de forma íntima al sector del automóvil.
Es difícil que la situación mejore en el 2008, con la previsión de más severos ajustes para los Tres Grandes. Quizás porque el panorama es tan sombrío, Detroit no escatima esfuerzos para que el Salón Internacional del Automóvil de Norteamérica (NAIAS) sea un gran éxito.
Al fin y al cabo, del 13 al 27 de enero los ojos del mundo estarán centrados, aunque breve y superficialmente, en la ciudad.
Este año, una de las principales novedades a priori es la decisión de Porsche de no hacer acto de presencia en NAIAS. A cambio, por primera vez en la historia del salón, cinco fabricantes chinos acudirán a Detroit con sus productos.
Además, BMW, Audi y Toyota han añadido espacio a sus puestos en el Centro Cobo, por el que se calcula desfilarán más de 700.000 personas durante las dos semanas del salón.
Y por supuesto, General Motors, Ford y el Grupo Chrysler se vestirán con sus mejores galas en un intento de olvidar, al menos durante unos días, las dificultades del futuro.